"Bajo el cielo sobre la tierra"

de Lorenzo Bonini
Y es allí, en donde el silencio se encrespa, creando una ola, como un trastorno de la atmosfera, en el aire anacarado del primer día o en la última luz que dorada se rompe, es en aquel entonces, en aquel momento de suspensión, de paro, casi, del aliento y de la visión sobre la naturaleza de la meseta de Cuzco, antigua capital Incas en la valle de Urubamba, es desde el recuerdo de aquellos lejanos lugares natios, desde los cuentos de antiguas historias transmitidas, que las pinturas de Gabriela llegan a la superficie, como si hubieran salido de un tiempo hondo, substraídos al poder de la historia, de la crónoca de cada día, de los desgarros violentos que siempre el tiempo produce.
La Bernales no pinta el presente, sino la eternidad. La suya no es una visión histórica, al contrario, es anacronística y contracorriente; y ella prefiere a la misma, la solitaria y casi ya no alcanzable pintura. No pide nada más, sino lo de poder, todavía y siempre, pintar. Proyecto temerario, a los limites de la locura, para quien está obligado a convivir con los fantasmas y las sombras de lo que una vez era la materia del cuento.
Atada a los lugares, a aquella geografía que muy pronto se convierte en tejido obstinado de los sentimientos, trama muy punzada que encierra el tesoro de un silencio que envuelve, y hasta amplifíca, el transcurso de un día, de una temporada, de un año; y si luego recoges todo, es la vida lo que se ha bajado, muy despacido, sobre la tela; fragmento seguido de fragmento, es su gotita de verdad la que ha empapado desde siempre el cuento, convertiendose en su substancia.
Gabriela pinta sus recuerdos como un monje trazaba un antiguo libro del tiempo, y en éstos cuadros, aún más, el sentido del destino, de una ineluctable cita, de la cual se desconoce el lugar y la hora, y también con gran turbación se abre la página nueva, pensando si será efectivamete la designada por el acontecimiento fatal, siempre y algunas veces inclusive en forma obsesiva, ahora pesada es la tensión, en donde es atávico el sentido de la paciencia, de no esperar que el ciclo completo de la vita se realize bajo el cielo sobre la tierra.
Pero es dificil, y a lo mejor tampoco aconsejable, hacer descender esta pintura de algo que se encuentra a sus espaldas, o sea encontrarle algunas filiaciones plausibles, porque ella nace más bien de si misma y de una tradición de sentimiento, que no de una tradición de arte cualquiera; casi siempre visiones atadas al lejano recuerdo de las corridas, paradas y construidas con pinceladas o espatuladas firmes y llenas, en donde se transparenta el sudor y el rechinido de la lucha en acto, no contemplaciones que sancionan desapego, sino gritos silenciosos que nos hacen derrumbar a todos por dentro de un aire que ya no es más luz física, sino espiritual y los recuerdos que vuelan por alto como el Condor, bajo el cielo sobre la tierra, conviertiendose no en símbolos pictoricos, sino en denuncias contra las injusticias sociales, una rabia reprimida y desahogada nediante la utilización de una paleta cromática decidida, en donde la obra de arte asume una grande responsabilidad, interpretando las más altas aspiraciones de la sociedad y la historia intima del proprio tiempo, es entonces que la Bernales alcanza aquella expresión completa, se traslada, diría, se anula en la misma obra.
Artista volitiva y visionaria, a veces agresiva, penetrada por una religiosidad laica intensa y personal, que produce una llama mística de fuerza y potencia que rinde con una pintura suelta y vigorosa como superamento de un virtuisismo realista, a veces expresionista, intenso como moto del interior hacia el exterior, es la consciencia sujeto que se manifiesta, imprime la realidad, objeto, solicitando una percepción casi física de la imágen, pero al mismo tiempo poniendo en juego la constistencia objetiva.
De aquí la realidad exterior puede aparecer como la proyección de un sueño, de una realidad toda interior penetrada por una intensa espiritualidad casi escondida. Y es así que recurre el tema del toro, no el de la corrida, no del acontecimiento en su desarrollarse, sino el interés se encuentra en el sujeto indiscutido, en la potencia y en la fuerza del animal, que representa el vigor selvaje de la naturaleza todavía embridada, doblada, matada.

 



A lo mejor la potencialidad de una sociedad que puede, con su fuerza, sublevarse a la injusticia.
En la obra de la Bernales el tema social siempre se encuentra presente, pero está caracterizado por una vena antiretórica que le permite coger sin énfasis escenas sacadas de cada día, suscitando impulsos emotivos de gran efecto, arriados en la realidad y resueltos sobre el plan de la consciencia y de la acción, como en las pinturas dedicadas a los niños prisionieros en los campos de concentramiento cercados con hilo de puntas; o bien a las madres de los desaparecidos de los rostros señados por uno desesperado y controlado sufrimiento.
El caracter de la cultura originaria de su tierra alimenta extraordinariamente a su producción artística, otorgandole una original y sugestiva atmósfera, realizada con una gran libertad pictórica.
Es esta libertad pictórica que se contrapone come escogida dialéctica a la derrata racionalistica, la profunda irrinunciable, intrínseca religiosidad del arte, en un modelo ético-ideológico, entre libertad y deber que culmína en un momento sobre-histórico.
Es desde este punto que las naciones tienen que encontrarse, en su propia historia y en el sentimiento de los pueblos, las razones de una autonomía propia y una raiz ideal común que desemboque en una civil coexistencia.
Desde este convencimiento nace la obra completa de Gabriela Bernales, que, ciudadana del mundo, propone su pintura a desprecio del conformismo, del arte del negocio y de la medicridad cultural.
Las rápidas variaciones del siglo pasado y las probables variaciones de este siglo recién comenzado, tanto sobre el plan tecnológico, que sobre el plan económico-social , han llevado a los artistas a un contínuo y casi afanoso variar de orientaciones artícticas, que no quieren permanecer por detrás de las poéticas o de las tendencias que se contienden el suceso, y están invadidas por una ansia de renovación bajo cualquier forma, sín tener cuidado a preservar los valores fundamentales que caracterizan a la sociedad.
¡Gabriela, no! Ella es fiel a si misma, a su trascurso, a las experiencias que la han llevado a un desarrollo cultural, sín renegar todo lo que ha sido, al contrario, preservando una memoria histórica que es de advertimiento para las generaciones futuras.

Milán, 09.05.2000
Lorenzo Bonini