Di Romano Battaglia
Para hablar de pintura de Gabriela Bernales en primer lugar hay que conocer Perù en donde la misma ha nacido, en donde ha vivido y respirado el aire de un mundo cargo de fuerza y de misterio. Es suficiente mirar los Andes y el imprevedible cielo que las domina para darnos cuenta que la voz màs secreta del alma no puede tener tan solo el encanto de las noches estrelladas, sino tambièn desemboques de sufrimiento y de dolor. Quien no conoce a los pastores de las grandes alturas, siempre variables sobre las grandes cumbres y la luz tajante que infunde al paisaje misterio y magìa, nunca podrà comprender en el fondo al arte de la Bernales.
No es mi intenciòn alcanzar o revelar eclactantes verdades y tampoco me interesa ofrecer una visiòn torcida de la que es una història hasta demasiado evidente, demasiado clara.
Gabriela Bernales pinta empujada por un impulso natural que la lleva extranarse de las corrientes, de las modas, de los compromisos.
Su andar es como el viento, la lluvia, el sol, las estaciones, el brotar de la primavera o el inicio de los huracanes que sacuden a la foresta extirpando arboles gigantescos.
Muy a menudo su pintura vuelve a visitar el pasado siguiendo el recorrido del arte espanola acondicionada por el clima y por las herencias culturales indìgenas.
Su busqueda parece querer llevar nuevamente a la luz aquel patrimonio cultural de la tierra del Cuzco e donde todavia permanecen ejemplos del primer renacimiento, del estilo ?plateresco? que senalò el trazado pre-hispànico presente en algunos edificios semidestruìdos por los frecuentes terremotos. Pero el pasado siempre retorna en la memoria de la artista como un fantasma que ha atravezado las grandes llanuras y las grandes montanas con su carga de recuerdos-
El respiro es profundo: algunas composiciones de la Bernales de colores violentos, parecen querer abrazar el amplio paisaje del Perù que se extiende desde la costa hasta las llanuras amazònicas.
Y no es una casualidad que la estupenda ciudad de Cuzco, en donde la misma ha nacido, la haya influenziado desde muy nina, a lo mejor cuando observaba el vuelo circular del condor por alrededor de las cumbres de las montanas, imàgenes que se pueden apreciar en las tablas del indio Diego Quispe Tito, maestro del 1600 de la escuela pictòrica de Cuzco.

 



Creciendo y madurando a contàcto con la naturaleza, con los problemas de la tierra y de los campesinos, la nina de los Andes se lleva consigo un mundo encantado rico de palpitaciones y de emociones, de gritos y de memorias.
Un equipaje que ha conservado inclusive en Italia, en donde ha escogido vivir frecuentando la Accademia de Belle Arti di Brera, conociendo artìstas, presentando exposiciones en diferentes ciudades de Europa. Ha tenido reconocimiento y sugerencias, pero nunca ha perdido quella riqueza interior y aquella espontaneidad de cuado era nina y estaba fascinada de los vuelos de los condores y dos cuentos que su padre contaba a los hijos de toros enfurecidos que en las noches de luna llena salìan del tupido bosque con los ojos de nacar. Y aquellos animales de las noches fantàsticas todavìa viven en las composiciones de la Bernales como expresiòn de rabia por la tierra robada a sus padres, por las injusticias de la pobre gente, por el dolor de los campesinos.
Y es asì que el mundo del sufrimiento se asoma, por detràs de los ojos tranquilos y dulces de la artista que senala a la humanidad ninos con los ojos asustados por detràs de los alambres de pùas, mujeres silenciosas, terriblemente solas en desnudez, rostros ahuecados debido a esperas enervantes de sus seres queridos desvanecidos en nada entre largas hileras de desaparecidos.
Uno de los sujetos predominantes del arte de la Bernales es el de las corridas que en Amèrica Latina son màs violentas y sangrientas con respecto a las espanolas que han cedido el paso al turismo.

Es la lucha del hombre con el animal, pero tambièn la representaciòn de una rabia que la artista ha sofocado al fondo del alma por todas las injusticias y las prepotencias de las autoridades, de los duenos de las tierras, de los cortadores de arboles, de los matadores de animales. Una toma de posiciòn en defensa de la naturaleza y de la humanidad màs debil que muy a menudo tiene que sucumbir miseramente vencida por la violencia.
Es una alegorìa fuerte y poètica de un pasado vivido en primera persona sobre el pico de la montana de la verdad, entre los restos de civilidades enterradas a lo largo del ? Camino Real ? recorrido por los Incas, ellos inclusive en busqueda de la Luz y de la verdad.
Ahora el destino verde que la ha seguido y la ha hecho crecer a la sombra de grandes forestas, la ha llevado entre otros arboles de un bosque màgico en donde a principios del siglo pasado viviò un gran poeta: Gabriele D?Annunzio.
Los toros enfurecidos de las noches de luna llena que poblaban las antiguas leyendas del padre se encontraràn en ? La Versiliana ?, cerca del mar que cuenta con olas màs tranquilas de que de las del oceano que lame la playa de Lima.

Romano Battaglia