La pintura de Gabriela Bernales

Sentimiento y libertad creativa.

Cada expresión artística, en el sentido más amplio del término, es efectivamente el resultado de toda una serie de experiencias, encuentros e intuiciones, pero a convertir una obra única e irrepetible en su genero son las emociones que la misma consigue a transmitir a quienes la observan. Y es propriamente esto que hace de Gabriela Bernales una "verdadera" artista, que no tiene miedo a manifestar al mundo entero sus sentimientos. Lo demuestran Enamorados (1991) y Mi madre adorada, que expresan aquella sinceridad de afectos que singulariza, todavía antes que sus obras, a su persona. Espontaneidad, sencillez y humildad son dotes raras, que Bernales a su vez consigue transmitir en su trabajo. El retrato de su madre expresa elegancia y austeridad, pero al mismo tiempo atrás de cada señal, de cada pincelada, hay el amor incondicionado que ata el artista a la adorada figura materna. Nacida y crecida en Perú, aunque de familia acomodada, Bernales ha visto hasta demasiada pobreza y dolor, que su indole no le ha permitido hechar a las espaldas, como algo que ha pertenecido al pasado y que se ha olvidado para siempre. Son estos los sentimientos que rodean en El Grito del dolor y Muerte del padre (1992), pintados con la capacidad todavía de alcanzar elevados niveles de pathos, que mucha arte todavía no consigue expresar. Su pintura no quiere ser "de concépto", sino inmediata, que toma sus ideas de la realidad de cada día, desde los pequeños y grandes dramas de la vida de todos los días, pero también de los momentos de alegría y serenidad. Los años de estudio cursados en la Accademia delle Belle Arti de Brera le han dejado una señal indeleble. Varían el contexto social y los sujetos en el mismo representados, pero la que queda invariada es la voluntad de confrontarse directamente con su proprio mundo. Marcha estudiantil se hace portavoz de una denuncia chillada a plena voz; son protagonistas algunos jovenes, coetaneos suyos, que tienen el coraje de reivindicar sus propios derechos. Inclusive cuando enfrenta temáticas como esta, Bernales tan solo relata a su proprio mundo. En esto consiste su pintura; relatar todo lo que se vive en primera persona, asumido en el cual algunos artistas ya han creído como única manera para "oir" los sujetos pintados.

 



Aunque mirando y admirando los grandes artistas del pasado, (Van Gogh y Picasso son tan solo un ejemplo), cualquiera "etiqueta" que se quiera otorgar al trabajo de la Bernales, resultará inadecuada, por ser restrictiva. En su pintura se nota un indiscutible conocimiento de los maestros y de las obras que han contribuido a escribir la historia del arte, pero al mismo tiempo existe una asimilación que se evolve en una cifra del todo personal, original, que se desprende profundamente de todo lo que puede ser definido "el punto de salida". Lo demuestran los desnudos: hasta el homenaje a Marylin Monroe, fotografiada y retratada infinidad de veces, adquiere una nueva frescura, inesperada. La misma intensidad la encontramos en obras como la Fanciulla snella e bruna… y Mi piaci silenziosa perché sei come assente… (1998).
Entre los últimos trabajos sobresale la serie de los matadores, de fuerte impacto visivo y emotivo. Hombre y toro, inteligencia y fuerza que se enfrentan y se confrontan. Las corridas, transposición en llave moderna de la antigua tauromaquía, nos han acostumbrado a la victoria del hombre sobre la fuerza animal. Inclusive en las obras de Bernales, el toro es sangriento, herido a muerte, agonizante, pero también muy a menudo es el matador a someterse a lo peor, a ser tirado por el aire por la furia animal, o pisado en un charco de sangre. Pero, a pesar de la temática y de la violenta cromía, no hay horripilación en estas obras de gusto expresionistico que, al contrario, expresan una extraordinaria vitalidad.

Torino, 20 de Diciembre de 1999

Adelinda Allegretti